domingo, 2 de abril de 2017

Nadie vive en Pradomira (2/4) 

Lectura y dátiles

Mire, ya tenemos cuartillas.

¿Cabrá ahí la contestación? Dijo al tiempo que dejaba dos bidones de plástico y un saco en el suelo.

Apretaré la letra y cabrá. Cuando la pase a limpio tendrá otro aspecto.

Esté atento, para contestar después.

Por cierto, ¿cómo se llama?

Me llamo Francisco.

Perfecto, Francisco. Estoy listo.

Siéntese y coja el bolígrafo, me lo tendía con insistencia. No supo decir que no se fiaba del lápiz. No me hice de rogar y cogí el bolígrafo. Un BIC de cuatro tintas que en su día fue el no va más, allá por mi época de colegial.

Venga, que si esto acaba en casamiento serán los primeros invitados.

El clamor unánime aseguraba que gustosamente atenderíamos a la invitación.

Francisco, risueño como el que más, se recostó en la hierba acodado en el brazo derecho mirando al monte. El grupo enfrente. Sus perros, a los que nadie hacía caso, se repartieron entre nosotros e hicieron lo propio con los ojillos muy cerrados, satisfechos por el almuerzo de ese día. Fernando y yo cruzamos miradas divertidas. Los chicos se incorporaron de su modorra desde el primero hasta el último. Yo seguía en pie desbastando los filos de las cuartillas improvisadas.

Siéntese.

Encarna, lees tú, ¿vale? Encarna inició la lectura en tanto que yo me recostaba al lado de Francisco compartiendo la postura y los dátiles.

La de Rosana no era la carta de una persona vulgar, pero comenzaba con un tópico que obligaba a soltar una gran risotada. Francisco celebró la ramplonería tanto como la hilaridad del grupo, aunque habían quedado anticipadas de una manera eficiente cuáles podían ser las aspiraciones amorosas del destinatario. La carta continuaba en tono sensible, cariñoso y desapasionado. Alababa el natural de Francisco y se permitía aconsejarle separar bien la amistad del sexo.

¡Oye! ¿Qué ha dicho ahí?

Amistad y sexo.

A Francisco se le dibujó una sonrisa de picardía y de confusión. Reconocía el segundo sustantivo; sin embargo era muy posible que nunca hubiese salido de sus labios ni de los labios de nadie con quien él hubiese tratado. Seso, se dijo casi para sí como tratando de articular aquel vocablo por vez primera y desde luego sin arriesgarse con la equis.

¿Y qué más dice?

Encarna continuó leyendo el amplísimo catálogo de ocupaciones, verdaderas o inventadas, de Rosana. Francisco no se perdía ni una coma. Para ahí. ¿Qué es eso que ha dicho: una oenegé?

Los bachilleres gozaron de lo lindo explicando el mundo a un señor que no vivía ni fuera ni dentro sino un tanto apartado de él. Aprovechando estas explicaciones en que podía relajar su atención algo más, volvía a los dátiles con mayor dedicación.

Están buenos. ¿De dónde se sacan?

Esto crece en las palmeras.

¿En las palmeras? ¿Pero las palmeras no son esos árboles tan altos que dan plátanos?

Sí, esos mismos. Pero hay palmeras que dan dátiles.

¿Y cómo alcanzan a los dátiles?

La curiosidad de Francisco era tan sincera que uno no podía soslayar ninguna pregunta. Creo que con unas cuerdas sujetas a las manos y a los tobillos, trepan por las palmeras abrazándose al tronco. Y desde arriba lanzan los racimos abajo. Veamos. Los de este paquete, por ejemplo, vienen de Túnez.

Detuvo en el aire uno que estaba a punto de introducirse a la boca. ¿Del África los traen? Preguntó asintiendo al mismo tiempo con la cabeza por la exquisita importación. E igual que las anteriores y las posteriores, la degustación del dátil se completó a bocaditos delicados que parecían destinados a desmenuzar el sabor exótico hasta que sólo quedara el hueso entre el índice y el pulgar. Cuando su atención retornó a Encarna, empujé la bandejita para dejársela toda a él.


Los peladores

En un pasaje prolijo propio de un consultorio sentimental, Rosana le hablaba de ser sincero sin excederse, por pura precaución, y de tener iniciativa.

¿Eso qué es?

¿Iniciativa? Determinación para hacer algo y hacerlo antes que nadie. Los bachilleres no lo hacían mal como preceptores.

Y la sinceridad, yo no sé por qué la menciona. Aparte del ganado, yo le dije que tenía algo de tierra y un chalé en La Moheda, y es verdad. El chalé no está terminado porque no tengo tiempo de dedicarme. Pero no sé, ¿qué les parece hasta ahora la muchacha?

Parece buena.

Se ve que lo aprecia, por los consejos.

¡Ah, sí! Somos muy amigos.

Trabajadora es un rato y sabe hacer de todo. Esa sí que le haría el apaño aquí arriba. El presidente no ha dado con ella todavía o ya la habría hecho ministra de trabajo.

¡Hala, Pipo!

¿Verdad que sí? Reía con gusto Francisco. De pronto se interrumpió y nos pidió silencio con un gesto de los dedos y la cabeza ladeada. El dueño de esto. Bajó por aquí esta mañana y ya vuelve, dijo dirigiéndoseme en tono confidencial. No veíamos a nadie. Se trataba de un ruido retirado aún y guardamos silencio. Es que esto no es mío. Yo se lo tengo alquilado a su dueño. Le pago un dinero por estar aquí con los animales. Y volvía la cabeza en la dirección por la que se aproximaba el ruido de un motor.

Al fin apareció en el Camino de los Voladores, por el lado izquierdo de la vaguada, un viejo Land Rover blanco. Subía costosamente y a sacudidas, tratando de sortear los baches y las rodadas más profundas de la pista.

Son los peladores. ¿No han visto los troncos que hay en el prado?

Sí. Han talado bastante.

Estos han estado dos días sin venir.

Al acercarse vimos las cuatro caras curiosas de los peladores preguntándose qué sería aquel encuentro bucólico. En el ángulo de la curva más cercano el único que hizo un movimiento escueto para saludar fue el conductor, al que Francisco respondió con una casi involuntaria flexión de la muñeca del brazo libre. Nosotros también participamos en el saludo. Giramos los cuellos y los cuerpos hasta que el vehículo enfiló a la casa y tomó la curva para Las Ericas.

Entonces pasará luego.

¿Quién?

El dueño.


Concluye la carta

A Rosana sólo le restaban dos puntos últimos. Uno: que había otro amigo en situación más favorable para alcanzar su corazón, por lo que le aconsejaba ponerse a la cola o buscar a una pastorcilla mejor dispuesta. El otro: una particular receta para un noviazgo feliz, con la que desorientó a su pretendiente de sierra adentro.

Con eso de la cola no sé muy bien lo que ha querido decir.

Que tiene que esperar su turno, como cuando va a la tienda y hay gente, explicó Encarna con gesto de disgusto por lo que leía y lo que había de leer.

Francisco amagó una sonrisa que se tornó en mohín al expulsar el aire contenido por la nariz inclinando la cabeza hacia atrás. Conque tiene otro amigo.

Parece.

Y dice que me busque a una pastorcilla. Tiene gracia, ¿verdad?

Como discrepábamos, proseguimos. A ver, Encarna. Sigue leyendo.

Ya acaba. La receta amorosa, honesta a decir verdad, nos molestó pero contribuyó a superar el pasaje precedente con nuevos comentarios. Los gramos, kilos y toneladas de respeto, comprensión, tolerancia, amistad, ilusión, sinceridad, paciencia, determinación, amor y romanticismo recomendados habían sido medidos tan bien que no dejaban lugar a dudas. Sin embargo los reutilizaríamos para la carta de respuesta, aunque sirviesen para lo mismo que la llamita de un fósforo en mitad de la noche.

Cuídate, Francisco. Hasta la vista. Un beso. Rosana.

Y bien. ¿Qué les parece la muchacha?

Pues que está tan ocupada que necesita unas vacaciones. Hay que invitarla a que venga a visitarlo. Isabel habló con toda convicción y Mireille la apoyó.

Eso es lo que yo pensaba.

Yo iría a Ayna a verla y le daría una sorpresa, salió José.

¡Menuda sorpresa! Estimó el coro.

Yo no puedo moverme de aquí. Tengo que estar con el ganado. La semana que pasé en el hospital se me murieron once animales. Sólo salgo de aquí cuando la cosa se pone demasiado fea, como cuando cae una nevada fuerte. Entonces encierro el ganado, cojo los esquís y bajo al valle. Por un instante olvidamos la cuestión cuando se nos cruzó la imagen de Francisco deslizándose vaguada abajo sobre unos esquís.

Que sí. Que ahí tengo unos esquís que me he hecho yo.

Tiene que venir ella, con el hijo. Apuntó Antonio tras superar no sé cómo un ataque de risa más breve que bien disimulado.

Eso es, el hijo. Por ahí hay que entrar.

¿Ustedes creen?

Claro que sí. El hijo y los padres. Tiene que interesarse por ellos. Ya tenemos el principio para nuestra carta.

Muy bien. Luego nos ocuparemos del amigo ese.


Continúa en la siguiente entrada: Nadie vive en Pradomira (3/4)

jueves, 30 de marzo de 2017

Nadie vive en Pradomira (1/4) 

Pradomira es una vaguada orientada hacia el noreste por la que se accede, desde Collado Tornero, al Calar de la Sima. El Camino de los Voladores, que deja el río Tús varios cientos de metros engastado en el Estrecho del Diablo, se adentra en ella para refrescar a los caminantes que sigan su ruta, bordeando el puntal hasta el suroeste, en dirección a la Cañada del Avellano. Desde aquí el camino continúa por una serie de barrancos sucesivos que llevan a la otra vertiente del calar, donde el río Segura ha recorrido ya unos siete kilómetros acaudalado sobradamente con las aguas del Zumeta.

Siendo últimos de junio, los helechos y la hierba fresca que encontramos al encarar la vaguada parecían una recompensa después de haber dejado atrás la sequedad de una ladera sureste. Los muchachos con mejores piernas se habían adelantado, impacientes por encontrar el manantial prometido, así que supusimos que los ladridos distantes que oíamos desde que comenzamos a caminar paralelos al arroyo serían parte del protocolo por la llegada de los excursionistas. Al ver a nuestra avanzadilla bajo la sombra enorme de un gran pino solitario hacia el rincón del prado, donde el terreno empezaba a inclinarse un poco más, el resto avivó el paso. Yo preferí buscar el manantial. La vegetación y la tala de algunos pinos me habían hecho pasar de largo.

Entre hierba alta y juncos brotaba un hilo fino, suficiente, adentro del abrevadero. El sol se acercaba al cenit. Hora de refrescarse y disfrutar del paraje. Pacientemente, complacido con el chorrillo espacioso, rellené los tres litros de mis dos botellas. Bebí tranquilamente. Me reuní con el grupo y les obsequié con un poco de aquel frescor. Entonces empezó el almuerzo.


La casa de Pradomira

Desde el pino veíamos deleitados la alfombra de hierba húmeda resbalar vaguada abajo hasta un punto en el que la fronda de ambas laderas trepaba por una uve suave. Más allá, al otro lado del estrecho del río, se elevaba el Puntal de la Escaleruela: de no haber cambiado de planes deberíamos haber pasado justo por debajo camino de la Laguna de Siles. Y más arriba sólo el lienzo monocromo del cielo.

Nuestro campo estaba ubicado en la parte interior de una curva muy cerrada de la pista por la que habíamos llegado. A menos de cien metros a nuestra izquierda ésta desaparecía de la vista curvándose para ascender a Las Ericas. Pero antes de eso enfilaba a una casa levantada en una zona clara de bosque a unos diez metros por encima del arroyo. A ninguno le pasó inadvertida. Quién viviría en ella.

La casa no tendría ni luz ni agua corriente. Sin embargo era una casa grande, rectangular y enlucida. Fuera tenía dos cercados toscos y a unos pasos por detrás el bosque de nuevo. Y desde luego había perros guardándola aunque no se vieran.

Mirad. Ha salido un hombre de la casa, exclamaron dos muchachos a la vez.


El hombre del transistor

Un hombre bajaba de la casa. Tres perrillos de pelaje color canela lo precedían. No eran unos ejemplares amenazadores. Parecían más preocupados por seguir el paso del amo que por los extraños tumbados en el pastizal. El hombre caminaba de esa manera pausada y firme del que sabe que no necesita apresurarse para llegar a un sitio. El cuerpo, ni recio ni enjuto, se cimbreaba asegurándose un apoyo estable a cada paso por el abajadero. Curiosamente, la figura me recordó el hilillo de agua del manantial que con toda su levedad mantenía rebosante el abrevadero del prado.

Viene aquí. Nos va a azuzar los perros y veréis qué rápido bajamos. No le gustan los intrusos. Viene a cobrarnos la sombra. No, va al manantial. Ese se cargó bien anoche y ahora... Sí, viene aquí. Cada cual tuvo que fantasear.

A pocos metros el hombre representaba casi una docena de lustros. Apacible y gentil en los ademanes, a pesar de la suciedad de su ropa de trabajo, se dejó saludar primero.

Buenas tardes, dije resumiendo los saludos de mis compañeros.

Mejor buenos días. Todavía hay día, me contestó. Su respuesta era natural. Él no tenía otro reloj que el sol y estaba en las once. Los perrillos dieron unas vueltas olisqueando a los visitantes y se tumbaron dentro de la sombra sin rozarnos.

En la mano izquierda sostenía un transistor encendido a un volumen casi imperceptible para los que habíamos estado intercambiando bromas chillonas. ¿Adónde van por aquí?

Queremos subir al calar y dejarnos caer a la sima. Sólo para que estos jóvenes la conozcan. Se nos ha echado la peor hora encima y estamos descansando aquí.

Pues muy bien. ¿Y de dónde vienen si puede saberse?

A decir verdad cada uno venía de un lugar. Titubeamos un poco y terminamos por decir que veníamos de un instituto de Hellín y que estábamos celebrando el fin de curso haciendo algo de ejercicio. ¡Sí, desde luego que sí! Se oyó por detrás la protesta.

No, si lo que yo les pregunto es que de dónde han salido esta mañana. ¿Del Vado?

Sí, estamos en el camping.

Ah, pues muy bien, hombre. ¿Y cuándo vuelven?

Mañana. Pasaremos el día en el río y nos volveremos a casa.

No, yo digo hoy. Al camping.

Ah, no sé. Esta tarde, calculo que cerca de las siete.

El hombre del transistor chasqueó la lengua. Entonces ya va a ser muy tarde.

¿Que va a ser tarde?

Sí. Es que tengo ahí cuatro perdigones y se me van a morir si no vienen a por ellos.

Si quiere, podemos darle el recado a quien usted nos diga.

No, pero ya tan tarde se me habrán muerto. ¿No llevan ustedes teléfono?

Casi todos llevamos. Pero, aquí arriba, lo más seguro es que no sirvan.

Si pudiéramos llamar para que vengan a por los perdigones. Pero tiene que ser ahora, y sacó un pedacito de papel del bolsillo de la camisa. Yo no sé si cuando vuelva a la casa no se habrá muerto ya alguno. Me los encargó uno de Hellín. ¿Me han dicho que venían de Hellín? Entonces conocerán al del bar El Tolmo.

Sí.

Pues para ése son. Pero como no venga en un par de horas, se me mueren.

¿Ve? Desde aquí no se puede hablar. No tenemos cobertura.

Qué lástima. Se van a morir. ¿Qué le vamos a hacer?

Si aguantaran, llamaríamos esta tarde al llegar al Vado.

Sí, pero no van a aguantar. El hombre se calló, apenado verdaderamente. Su expresión me conmovió tanto que me prometí no olvidar aquel rostro. Aquella tez curtida, perfectamente afeitada donde correspondía, ni excesivamente arrugada ni ennegrecida en absoluto. En contraste, el pelo blanco y arremolinado en el flequillo. El gesto amable. La boca con sus dientes trabajados por el tiempo y la lejanía sanitaria. Y los ojos, de iris claros como el cielo sobre nácar. La mirada, la de un hombre transparente. No habría hecho falta la promesa.

El pastor del Pradomira

Medio cabrito

El hombre apagó el transistor e interrumpió el almuerzo por segunda vez. ¡Oigan! ¿Se llevarían ustedes medio cabrito? Porque les gustará el cabrito, ¿no?

Creo que todo el grupo dejó de masticar lo que tuviera en la boca. ¿Medio cabrito?

Sí. Lo mato y se lo preparo para cuando pasen de vuelta. ¿Se lo llevarían? Yo puedo comerme medio, pero qué hago con el otro medio sin nevera ahí arriba.

Probada la ineficacia de los móviles, los de tercera generación también, en plena sierra; deseaba poderle servir en algo al hombre. ¿Pero qué íbamos a hacer con medio cabrito a cuestas por el monte y con aquella temperatura?

No se preocupen por eso. Se lo envuelvo bien dentro de un saco y se lo llevan para la cena de esta noche. En el camping se lo pueden asar. ¿O qué? ¿No les gusta el cabrito? No teníamos más argumentos que el de la caminata que aún nos quedaba por delante y, exagerando un poco, el que algunos ya no pudieran tirar ni de su ración de agua. ¿Entonces qué? ¿Lo mato? Por salir del atolladero, empecé a preguntar a los jóvenes confiando en que fueran ellos los que dijeran que no. Así fue exactamente aunque por gestos. Ninguno quería decir que no.

Bueno, ustedes se lo pierden. Ahora que si hubieran querido, a mí no me habría costado ningún trabajo matar el cabrito. Yo me apaño bien para comerme medio. Pero el otro medio se me estropearía y sería lástima. No se hable más. ¿Saben a cuánto está la carne?

¿La de cabrito dice usted? La verdad, no.

¿Puede ser que esté a ochocientas?

Ni idea.

¿A mil quizá?

Sí, puede ser que a mil pesetas sí esté, por lo menos en el mercado de Hellín, nos salvaba mi colega Fernando.

A mil. Entonces, como la mitad del cabrito tendrá un poco más de cinco kilos, yo se lo dejo en cinco mil y ya tienen cena. Totalmente desarmados eludíamos responder. Ya, ya, que no les gusta. Eso tiene el estar aquí arriba. Si no me doliera esta pierna, tocándose la izquierda. El otro día me dio un topetazo un animal y me hizo daño aquí. Menos mal que vino uno de La Moheda a verme y llamó a la ambulancia. Me golpeó por aquí. Ya estoy mejor, pero me duele todavía. Así que no quieren cabrito. Pues bueno, hombre.


Rosana

Habíamos terminado los bocadillos y empezábamos a dar cuenta de la fruta. Después pasamos a las galletas. Yo saqué un paquete de dátiles que ofrecí a la compañía. ¿Quiere usted dátiles?

¿Esto?

Sí, coja.

Bueno hombre, gracias.

¿Le podemos echar pan a los perros? Preguntó una joven.

No les echéis tanto. No porque no se lo coman. Es que os vais a quedar sin nada y aún os queda camino.

Si ya no podemos más. Estos bocadillos tenían demasiado pan.

Échales entonces, que no van a dejar nada. Voy a coger otro.

Claro que sí, hombre. Coja los que quiera. Le acerqué el paquete de los dátiles.

Agotadas sólo sus dos primeras cuestiones, nuestro amigo quería charla. Por nuestra parte, teníamos todo el tiempo para escuchar la siguiente ocurrencia.

¡Qué mozas más agradables vienen!

Son guapas, ¿eh? Espoleaba Pipo.

Sí son guapas, sí. Y jóvenes.

Pues nada, si le gusta alguna, se la dejamos aquí y que le ayude con el ganado y lo demás.

¡Vete por ahí, Pipo!

Tú, ¿no querías ser pastora?

¡Cállate ya!

Yo me hablo con una muchacha. Se llama Rosana. Es enfermera. La conocí en el hospital de Hellín. Hicimos muy buenas migas. Hablamos mucho allí y se portó muy bien conmigo. Lo que pasa es que ella es de Ayna. Vive con los padres y tiene un hijo de seis años. El otro día me mandó una carta. La tengo arriba. ¿Querrían leérmela? Le centelleó la mirada.

Afectando una curiosidad escasa le contesté: si a usted no le importa que nos enteremos de sus asuntos.

¿Qué me va a importar? Yo entiendo algo, poca cosa. La letra está muy apretada y no me aclaro. Además, como ustedes son turistas y no me conocen ni yo los conozco, no me da vergüenza. Con la gente de la aldea es otra cosa. Se reirían de mí y no quiero yo que se enteren. Uno de vosotros, ¿me la leéis?

Vamos, sí.

¿Quién la lee?

Mientras, voy a buscarla. Ah, si leyendo oyesen alguna cosa que no fuera conveniente... Yo confío en ustedes. No me gustaría que se enterasen en los alrededores y en el camping menos todavía.

No se preocupe que nadie se enterará.


Tocado. Este hombre lograba conmoverme con poco esfuerzo. Estaría muy bien, pero en qué vamos a escribir. Yo tengo lápiz pero no tengo papel.

¿Le valdría un saco de piedras de sal?

Creo que no. Un momento, tenemos barritas energéticas. Puede que nos apañemos con el cartón de las cajas.

Entonces sólo falta la carta. De modo que hombre y perros regresaron por donde habían venido hasta la casa.



Continúa en la siguiente entrada: Nadie vive en Pradomira (2/4)


De la amistad y el desamor 

Nadie vive en Pradomira 


Colaboración para la revista Zambra Digital - I.E.S. Justo Millán. Hellín


Ahora que se encuentra de vacaciones permanentes y que sale a la montaña más que yo en los últimos meses por lo menos, puede que haya llegado la hora de reconocerle a mi compañero Fernando Huguet Munárriz el ánimo incondicional, su camaradería y buen temple, el café caliente y el chocolate puro, todas esas anécdotas que hemos ido guardando en los pliegues de honor de la memoria… Y la amistad, el auténtico regalo viniendo de una persona como él.

De cuando comenzábamos a explorar las sierras del sur de la provincia de Albacete hay anécdotas verdaderamente iniciáticas y memorables. Algunas se nutrieron de cierto plus taurino y, por el origen navarro de Fernando, dieron lugar a que empezásemos a llamarnos –no demasiado en serio– sanferminators. Habiendo salido tan bien parados de aquellos episodios, la costumbre y la experiencia aún habían de traernos muchas decenas de rutas irrepetibles.

El relato de la excursión escolar que presento hoy, verídico al 99,9%, tenía que ser escrito antes que contado. A los dos días, desde el regreso a la ciudad, cada detalle había sido anotado. A las dos semanas, el cuento Nadievive en Pradomira (11–26 julio de 2002) había quedado escrito como podéis leerlo aquí y me dio la pauta para la colección La teoría del polvo, inédita aún.

Espero que os agrade esta historia en la que todo parecido con la realidad está bien fundado. Solo la transmutación de nombres protege la identidad de ciertos personajes, que pueden considerarse totalmente rostandianos por su conexión con el desamor y la trama epistolar en el Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand.

Cuerda Larga. Paterna del Madera. Sierra de Alcaraz.
Foto de Antonio Puertas.

Entrada y relato (en las entradas sucesivas) dedicados
a Fernando Huguet Munárriz, con todo mi afecto y gratitud.


martes, 6 de diciembre de 2016

Cincuenta años no es nada (2) 

Las leyes-maza de educación 



Las oscilaciones pendulares únicamente dan lugar a debates baldíos, y no sólo en la política. En estas semanas bulle la enmarañada polémica escolar de los deberes, planteada de la forma más simplista posible, como es natural conforme a nuestro carácter ibérico. La cuestión está removiéndose –“debatiéndose” sería mucho decir– en estos términos: “¿deberes: sí o no?”.  Sin embargo, entre tantas voces acaloradas que apenas aportan argumentos autorizados, las voces de los que saben se oyen poco y bajo; no obstante algunos de esos que saben teóricamente de pedagogía puede que no hayan entrado en un aula en su vida o que ni se acuerden ya.

¿Hay motivos legítimos para el debate? ¿No será este otro de esos debates de distracción? Por ejemplo, por qué no nos preguntamos si todos los centros educativos siguen pautas metodológicas afines y aplican la normativa homogéneamente en las distintas etapas. Lamentablemente, a continuación, tendremos que preguntarnos por qué no; y por qué puede llegar a haber una diferencia cualitativa tan exagerada entre los centros educativos públicos. Y podemos seguir preguntando: ¿qué debe hacerse al respecto? ¿Por qué no actúan las administraciones educativas –así, en plural, uno de los problemas en mi opinión– y los servicios de inspección precisamente en las cuestiones que justificarían su existencia?

Resueltos esos preliminares, entonces podríamos pasar a la siguiente tanda de preguntas, aunque posiblemente ya no hiciese falta. ¿Un estudiante puede lograr el éxito –o evitar el fracaso, como se prefiera– sin estudiar ni hacer deberes, es decir sin reforzar los aprendizajes del día ni prepararse para las clases del día siguiente? Si la respuesta fuese “no”, ¿a partir de qué edad sería necesario hacer deberes y estudiar? ¿Y en qué medida racional, acorde con la edad? Las sucesivas leyes educativas, con su desarrollo normativo, han proporcionado pautas más o menos claras. Pero no pocos docentes creen que la autonomía pedagógica de los centros y la libertad de cátedra dan derecho a hacer caso omiso de los reales decretos y hasta de determinados principios básicos de la metodología didáctica y de evaluación en sus asignaturas.

Claro que, por otra parte, es bastante lógico que ni los docentes ni nadie confiemos en las leyes-maza de educación, que entran en vigor con fecha de caducidad: la del cese del gobierno que las promulgó o la del día en que pierde la mayoría parlamentaria. En efecto, me refiero a las tres últimas leyes orgánicas de educación españolas que se han sucedido en menos de diez años para derribar a la anterior. De ellas, hay que explicarlo, sólo la última no ha derogado la ley precedente, provocando un maremágnum en el que ni los inspectores saben aclarar determinado tipo de consultas sobre la aplicación del currículum y la vigencia de la normativa.

La LOMCE (Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la Mejora de la Calidad Educativa), conocida también como Ley Wert, “se limita” a modificar la LOE (Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación) para forzar, entre otras regresiones, la cuadratura de un triángulo muy poco constitucional: primero, el blindaje de la asignatura de religión católica dentro de la educación pública de un Estado aconfesional; segundo, la segregación por sexos en cierto tipo de colegios privados concertados (es decir sostenidos con fondos públicos); y, tercero, el controvertido derecho de las familias –del alumnado de la educación infantil, primaria y secundaria obligatoria– a elegir centro educativo público o concertado. Nada menos.

Comisión de Educación del Congreso de los diputados (1 de diciembre, 2016) 

Tras las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015 y del 26 de junio de 2016, y la amenaza de las terceras elecciones, evitadas in extremis; la distribución actual de escaños en el Congreso de los Diputados había dejado de ilusionarnos al país entero, me atrevo a afirmar. Cómo confiar en una cámara de representantes que necesita un ejercicio completo sólo para asumir la situación y formar gobierno. En esta semana la noticia del Pacto de Estado, Social y Político por la Educación vuelve a señalarse por la cortedad de unos, el ombliguismo de otros y el extremismo de los de siempre. Cuando una comisión parlamentaria dedica varios días a debatir qué nombre se le pone al texto del pacto que pretende alcanzar… ¿Nos damos por jodidos (perdón, quería decir “vencidos”) de antemano? 

La buena noticia es que, por fin, ha llegado la hora de actuar. Aquellos a los que les importa más el lucimiento asambleario que el pragmatismo necesario para legislar en un país democrático, aquellos que se empeñan en redefinirlo todo siempre, entorpeciendo el desarrollo de los debates, y aquellos que no son capaces de adherirse a una mera propuesta para formar un grupo de trabajo por cuatro palabras que no les gustan; todos esos van a salir retratados a diario como politiquillos de tres al cuarto, por muy nuevos y prometedores que se crean. Por lo que hemos visto en este asunto del Pacto de Estado por la Educación, la “vieja política” aún tiene lecciones que darles. Pero si luego no cambian de actitud en el Congreso ni hacen los deberes ni estudian en casa, ya les anuncia este profesor que es imposible titular como políticos de provecho.

Pink Floyd - Alan Parker. The Wall, 1982.
(La enseñanza española hace tiempo que osciló al polo opuesto)


domingo, 27 de noviembre de 2016

La huella superlativa 



¿Se puede escribir al día siguiente del fallecimiento del Comandante Castro con objetividad cuando a uno lo mueven unos sentimientos tan encontrados? ¿Se puede escribir hoy algo sentido sin ofender a ningún cubano? La fascinación fraternal, histórica y sentimental de muchos españoles por la Gran Antilla y su gente es, a menudo, idealista y visceral.

A título personal, descubrir de joven que un bisabuelo luchó allá destapó la caja del interés y de las intuiciones. Después, las estampas fotográficas y literarias de la isla, el olor a café recién hecho por las mañanas, el folclore, el habla, el orgullo y la vitalidad de los cubanos, su historia reciente y tantas cosas más han estimulado desde la distancia la imaginación de este peninsular.

Sobre Fidel Castro, el tremendo hombre, el patriarca bíblico-marxista que deja esa huella superlativa en la historia –esperanzadora durante la revolución y terrible durante el régimen inmisericorde que llega a encarcelar a viejos camaradas– ya habla la prensa del día. Qué voy a aportar desde este modesto blog. Sólo me propongo animar al pueblo cubano de un lado y al del otro a hacer algo.

La Cuba que luchó por la emancipación del imperialismo colonial y del imperialismo capitalista, la Cuba que derrocó la corrupción y se plantó frente al gigante insaciable, la Cuba que ha soportado todas las calamidades con tal de no comprometer su soberanía nacional… Y la Cuba que reclama la apertura del país, la que reclama más derechos y libertades individuales y la liberación de los presos políticos, la Cuba que en esta hora “celebra al difunto”. Ambas Cubas tienen algo importante que hacer: reconciliarse.

El presidente Obama ha dado pasos valientes que el presidente Trump quiere desandar. Amigos cubanos, no permitan que su futuro dependa de la voluntad de ningún presidente de los Estados Unidos. Ustedes son los que tienen que perdonarse, reencontrarse y vivir en paz. Necesitan hacerlo, sin prisa pero sin pausa, con el amor a su hermosa isla y a la misma bandera –no es poco, se lo aseguro– por delante del rencor. Aprópiense ese éxito.

En este momento, los españoles no somos buen ejemplo. Les animo a dárnoslo ustedes a nosotros. Buena suerte. ¡Viva Cuba!


Yo no te pido. No me pidas (1975) - Pablo Milanés

domingo, 20 de noviembre de 2016

Cincuenta años no es nada (1) 

El péndulo ibérico 


Cincuenta años no es nada. Ni una sentencia judicial ya. En España esas cosas se acabaron. Aquí sería improbable que un asesino en serie fuese condenado a treinta años de prisión. Y si fuese condenado, cumplida la mitad de la pena, le aplicarían el tercer grado por el arrepentimiento verbal y la buena conducta, de modo que podría volver a practicar su hobby furtivo los fines de semana. La reinserción social del delincuente es lo primero. La ejemplaridad de la sentencia, la reparación por las consecuencias físicas, materiales y morales de los delitos y la seguridad pública, por lo visto, importan menos.

Poder expresar estas apreciaciones tan poco sutiles es lo bueno que tiene no ser letrado en leyes, aunque casi me salgo del tema de hoy antes de presentarlo. En fin, cincuenta años no serán nada pero, en este país, bastan para ver de todo. Debe de ser por la longitud del péndulo ibérico, que describe periodos de oscilación formidables en los que recorremos arcos y tocamos extremos más propios del trapecio circense que de un Estado serio.

Desde la infancia, uno ha presenciado los estertores de un dictador en su lecho de muerte, la refundación pacífica de un viejo país, la euforia de tantos derechos y libertades a estrenar, la contestación contumaz del terrorismo independentista, el espejismo del progreso y la decepción económica, política y social de una nación que, en su permanente vaivén, ya progresa, ya regresa sin constancia ni rumbo fijo; posiblemente por su menosprecio de las normas y de las responsabilidades que exige la libertad o porque “disciplina”, “ley”, “obligación” y otras palabras similares nos suenan a autoritarismo, aún viviendo en democracia, y a cosas de tontos. Vaya usted a saber.


Por si alguien se lo pregunta, ¿cómo me ha venido esta monserga a la cabeza? Probando mis patines nuevos y la nueva edad. Sí, tal y como lo estáis leyendo, este es el punto donde me salgo del tema. Veréis. Últimamente no soportaba la tortura de los patines viejos. Creía que era un problema “estructural”, de mis bóvedas plantares. Más de una vez he llegado a decirme “eso es así” –ya sabéis– para conformarme. He utilizado apósitos por dentro de los calcetines para aguantar el dolor. Pero los parches no solucionan los problemas. Hasta que, por fin, en un momento de inspiración caribe me dije: “¡Al carajo!”. Me he buscado unos patines nuevos, mejores y más chulos, y el suplicio ha terminado.

En el ruedo ibérico nada es tan sencillo, lo sé. Nos cuesta alcanzar soluciones lógicas, razonadas y consensuadas, para que puedan ser aceptadas por amplias mayorías. Aquí lo que se nos da bien son los bandazos de un extremo al opuesto. Somos capaces de columpiarnos entre la unión y la secesión, pero no detenemos el columpio ni para aplacar el mareo. Practicamos la dialéctica de bloques –no la de las ideas: buenas, malas, factibles, utópicas, etc.– y, para reafirmarnos en nuestra posición, rechazamos todas las demás tajantemente.

La radicalidad y la visceralidad nos rezuman por los cuatro costados. Deduzco, por tanto, que la ecuanimidad y el pensamiento libre-y-responsable perjudican seriamente la esencia de lo ibérico. Curiosamente, los anti-ibéricos y los rupturistas adolecen del mismo defecto. Lo nuestro es anularnos, destruirnos si hay posibilidad. Lo queremos todo pero, si no puede ser, nos consuela que nadie tenga nada. ¿Respetarnos y convivir, para qué? ¿A los maestros titiriteros de los teatrillos nacionales y nacionalistas les interesa la zurra? Pues allá que vamos, a zurrarnos la badana. Para eso sí somos muy bien mandados.


domingo, 6 de noviembre de 2016

sábado, 24 de septiembre de 2016

Fatalidad ibérica 

Apuntes de castellano y política peninsular (y II) 


Resumiendo, decíamos que “eso es así”, en su elocuente brevedad, encierra un mensaje complejo y profundo que impregna a los españoles espabilados, proporcionándoles una sentencia suprema con la que apostillar y cerrar conversaciones estoicamente. La frase vendría a sintetizar el pensamiento: “No seas tonto –o tonta– y no sufras. Resígnate porque eso es inevitable”. ¡Qué sentencia! Por mí se la regalaríamos al doctor Martin Seligman, para siempre, como muestra de cómo hemos verbalizado los españoles nuestra “indefensión aprendida” (Helplessness, 1975). Así a nadie le vendría a la mente ni a la lengua en este momento político, que nos aboca a las terceras elecciones generales tras poco menos de un año de desgobierno.


Admito que el pueblo español –de la nobleza, el clero y la alta burguesía abajo– ha sufrido suficientes calamidades históricas como para entregarse a la resignación; pero aquellas no han sido más ni más graves que las de otras naciones y estados europeos. La diferencia estriba en que el absolutismo y las dictaduras del Estado español, fortificados con la peninsularidad y la muralla pirenaica, nos han mantenido más aislados durante más tiempo. Pero los viejos pretextos, la razón de estado de los déspotas y la patria de los tiranos, ya no cuelan. Muy perfectibles aún en forma y contenidos, la educación y la información llegan a todas las clases sociales en el siglo XXI. Sin embargo, el fatalismo sigue socavando la confianza y el coraje de los españoles para poner fin a todo lo que no funciona como debería. Y no es que la gente no tenga claro lo que le gusta y lo que le disgusta; el problema es que al español medio se le va la fuerza por la boca en el bar. Lo siento pero eso es así.

Me explicaré. Hasta la llegada de la libertad de expresión, hablar críticamente de las cosas importantes ha sido un acto clandestino. El pueblo jamás ha podido desahogarse ni reclamar nada públicamente, sin ser reprimido; y el Estado, con su arbitrariedad, ha inducido al pueblo a la picardía para sobrellevar tanta fatalidad y auto-repararse por la injusticia social. Es más, ha convenido mucho que el español medio sea pillo: que se cuele en las colas, que hable a escondidas, que trapichee en negro, que no declare todo su patrimonio, etc. La pseudo-máxima de que “todo el mundo tiene un precio y quien no se corrompe es porque no tiene ocasión” todavía sostiene la superestructura del poder y excusa las conductas escandalosas de los gobernantes y de los pillos gordos del país. Incluso en democracia, lo último que necesita un mal gobernante es que el pueblo sea crítico, educado e íntegro. Luego pasa lo que pasa en las urnas.

Prácticamente en cualquier país civilizado y desarrollado, las élites intelectuales y políticas proporcionan los modelos de convivencia, exploran y proponen soluciones a los problemas y trazan el camino para sus ciudadanos. Cuando se descubre que un alto cargo no es modélico, útil para la sociedad a la que sirve, dimite o se le destituye; cuando queda probado que un diputado o senador ha delinquido, no hay aforamiento que lo ampare. Cuando un partido político no alcanza la mayoría absoluta en unas elecciones, existen procedimientos para propiciar la formación del gobierno en plazos de tiempo razonables. Pero “Spain is different”, el Ministerio de Información y Turismo franquista tenía razón. ¿Nunca nos cansaremos de manifestar esta enervante singularidad?


Hoy lo de menos es que nuestros políticos profesionales hagan promesas falsas durante la campaña electoral y en la legislatura. Lo irritante es que solo ponen empeño en ofenderse y, acto seguido, dicen que quieren dialogar y pactar con los adversarios. Ni un colegial es tan tonto-de-remate. La mayoría de los partidos tienen la creencia anti-política de que sostenerse y hacer oposición al gobierno consiste en oponerse a todo cuanto proponga el otro, aunque sus propuestas sean similares o las mismas. Los partidos de izquierda, por ejemplo, se tratan casi con tanto desprecio como el que gastan con el PP, la “Derecha Unida” española. ¿De verdad pretenden gobernar así? Y aquí viene la puntilla: unos y otros están arrastrando al país a la reedición del enfrentamiento secular de las dos Españas; un dramático retroceso histórico después de que aquellos viejos enemigos de la guerra civil y la posguerra se sentasen a la misma mesa para redactar la Constitución española de 1978.

La capacidad de asombrar de estos lidercillos nuestros parece inagotable. Ahora se acogen al espurio espíritu de la E.S.O. (Educación Secundaria Obligatoria) –que no es tan mala, en realidad, pero ha sido aplicada lamentablemente y con cuatro leyes educativas distintas– y pretenden promocionar a las terceras elecciones generales con las asignaturas más importantes suspensas. Aspiran a la permanencia, a toda costa, en sus cargos de partido y en las cámaras representativas para las que han sido elegidos dos veces ya, pese a que no se han ganado el sueldo en estos diez meses. No quieren asumir lo que el electorado expresó el 20 de diciembre de 2015 y repitió el 26 de junio de 2016, lo cual agrava la pretensión inmoral de hacernos votar por tercera vez. ¿Cuántas veces más necesitarían? Está claro que, como todo sinvergüenza que cobra después de hacer mal su trabajo, éstos quieren continuar viviendo del cuento indefinidamente.

"¡Eso NO es así!", gritémoslo como cuando estamos de cañas en el bar o en el fútbol. El voto disperso del electorado ha rechazado el bipartidismo ibérico, cuya mayor hazaña ha consistido en sembrar el país de corruptos. La gente quiere que los políticos dialoguen, que se forme un gobierno de coalición y que haya una oposición constructiva. Pero ni la “vieja” ni la “nueva” política, con alguna honrosa excepción, están a la altura del mandato. El grueso de los líderes y de los cargos ejecutivos de los partidos han desperdiciado sus oportunidades y no merecen la tercera. Deberían retirarse y ceder el sitio a otros más capaces porque, si no, ¿qué se supone que tendríamos que hacer? En el caso de que llegasen –lleguen– las terceras elecciones generales, con los mismos candidatos, qué tendría que hacer el pueblo para hacer respetar su voluntad soberana. ¿Resignarse por enésima vez e ir a votar con normalidad?

Si sufrimos –cuando suframos– ese déjà vu fatal, yo sugiero que los votantes voten manifestando la indignación, suponiendo que haya gente indignada, desde la ortodoxia ibérica si creen que se sentirán mejor así. Podemos recurrir a nuestro catálogo de fatalidades típicas del país. Vayamos a los colegios electorales pero no entremos. Rompamos las papeletas en la puerta. Tiremos los pedazos al suelo. Orinémonos en ellos. Después, quien quiera que se fume un porro, que se vaya de cañas o que se cuele en el cine… Con la dignidad intacta y la satisfacción escatológica de haber desmenuzado y lubricado adecuadamente los votos que, luego, la clase política ibérica se pasará por el arco del triunfo.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Fatalidad ibérica 

Apuntes de castellano y política peninsular (I) 


Existe en castellano una coletilla exasperante, al menos para mí; una tosca gema incrustada a sangre y fuego en el idioma y en nuestro –no sé si denominarlo– fatalismo, resistente fe en la providencia o gregarismo ibérico. Se trata de una locución que suele emplearse para dejar en evidencia al idealista, al iluso o al inocente que ose no ya quejarse sino comentar una circunstancia injusta o una conducta reprobable. Sus usuarios se presentan como depositarios de una sabiduría atávica, una suerte de pragmatismo idiosincrásico, imperecedero e incuestionable, resumido en tres palabras que pueden desautorizar a cualquier español que no se conforme con el statu quo. Atentos, queridos estudiantes de español, porque la frase implica un corolario fatalista que conmina a la pasividad y a la sumisión.

Pongamos algunos ejemplos de uso en respuesta a distintas apreciaciones generales y más o menos subjetivas. Si uno dice que “las esquinas y los parques, en muchas ciudades españolas, huelen a orines y a porro”, siempre habrá otro que replique diciendo: “¡Ea, eso es así!”. Si en el trabajo, entre los amigos o en la familia nos lacera constantemente algún energúmeno o alguna persona tóxica, siempre saldrá un abogado defensor que diga: “Hay que entenderlo. Él es así”. Cuando una conocida página de venta online de entradas para espectáculos se auto-compra por medio de una filial y, a la media hora, te revende las entradas del concierto de Springsteen triplicando el precio de venta oficial, será inevitable oírle decir a algún comprador habitual que “eso es así”, en España.


Más ejemplos, a ver si yo mismo lo asimilo. El hecho de que todo el mundo vocee en los bares españoles, eso es así. Intentar colarse o irse de un sitio sin pagar, eso es así si quieres demostrar que eres “espabilao”. La costumbre extendida de tirar inmundicias por los balcones y por la ventanilla del coche. En este país eso es así, ¿no? Tener preparado y soltar un sonoro exabrupto cuando otro conductor te pita por saltarte un semáforo, eso es así por supuesto. Ir al fútbol para drenar la mala leche, acumulada a lo largo de la semana, con vituperios al árbitro y al otro equipo. Eso es así, no seamos tan remilgados. Aunque, sin movernos de ese ámbito, la expresión se refina cuando los entrenadores y los jugadores sueltan su notoria justificación polivalente, “el fútbol es así”, o la tautología deportiva por excelencia de “el fútbol es fútbol”.

Calumniar a los mejores mientras se da crédito a los mediocres y a los embusteros: eso es así en virtud del igualitarismo democrático, supongo; de hecho, cuando alguien tiene éxito, inmediatamente le sale  una legión de adeptos envidiosos. De ahí, quizás, la tendencia de la Administración pública a colocar en los puestos de responsabilidad a los más veteranos y expertos –aunque la experiencia consista en calentar sillones, esquivar fatigas y hacer oídos sordos– en vez de contar con el personal más cualificado y diligente. Tanto los asalariados como los autónomos estaremos de acuerdo en que eso es así. Entretanto, los servicios de Inspección de la Administración nunca hacen nada con respecto a los trabajadores que incumplen la normativa y las obligaciones. Si acaso se toman todo el interés al actuar contra los que critican esa mala praxis. Esto último es así también, lo afirmo fehacientemente.

(Continúa en la siguiente entrada)